Siete balas mueven más lápidas
que un terremoto hambriento
siete balas por cabeza,
por chaqueta,
siete horcas,
siete dosis
siete mares en el patio trasero
siete esperas en el purgatorio
y para cada uno de los días
cada una de las balas
Las llamas abrazan el frío
pero son preferibles
como una caricia carcelera
como piedras creando bosques
cambiando el curso de las aguas
arrojando todo al mar,
todo al abismo
todo al olvido
porque entregarlo
todo al recuerdo
es suturar con púas las pendientes de la piel
e inventar cordilleras en la frente
para dibujar en ella
el abismo circular
de una tortura infinita.
Hay un asesino tras la cortina,
tras la ventana y tras los ojos
esperando en silencio,
hay una mano acariciando vestidos de tul
forzando las armas lentamente
como una gota de sudor atravesando los poros
hay pupilas hinchadas, buscando la perfección nocturna,
expandidas como un mundo inocente
como un chivo al sacrificio
y para ello
los muertos pintan los ojos de un negro rojizo
y de castaño las uñas que comen los sueños
para ello en cada parpadeo
está el acero y su peso
humeando la espesura de una posibilidad
Hay un ladrón tras la puerta
tras la cerradura y en cada cuerpo
y día a día guarda en sus bolsillos
balas, horcas y pastillas, evitando una tragedia
de esas que nadie se explica
pero bien es sabido que cualquier día
todo ladrón puede fallar.
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