Siéntete en mis manos y escúchame por dentro
No te sientas culpable que la culpa no es silencio
Que las flores no sirven sin espinas
Que la alegría no acaricia sin lamentos
Arráncame la espalda de estos huesos amarillentos
No hay amor en estas telas ni la risa en tus gemidos
No pidas que te calme, no prohíbas el olvido
De estas manos ni sombras, ni de estos ojos recuerdos
Los quitamos a mordiscos sobre el alba de esos cuervos
Cada beso una herida, cada grito un alarido
No me vengas con sollozos si de poros nos nutrimos
No me ofrezcas el alma, esta vez voy por tu carne
No necesitamos secretos, no tenemos los abrazos
No juramos juramentos ni mordemos vocablos
Quiero un cetro de amapolas, quiero un ramo de tu hambre
Quiero verte hervir la sangre, pero de oro las pistolas
Que la indecencia de mi alma llegue hasta tus nietos
No te acerques sigilosa por los campos abiertos
Sabes que de tu reinado, se burla mi alma
Y que se derrite con el primer rayo de sol
Así me ves sonriendo amarillo
Entre el café del café y el olor de mis uñas
Entre los aceites del deseo y de la inmortalidad
Entre los trazos de la pereza y el grito esperpento
¿No me ves las alas? Yo también soy inmortal
Aquí estoy con los brazos bien abiertos
Esperando la brisa de la fuga y la emoción
Sólo una vez me refugio en esas plumas
Un poco de sangre no resiste tanto olvido
Si no nos extrañamos ni la mitad de los besos
No hay que mentir o miente pero en silencio
El suicidio no es necesario cuando se está lo suficientemente muerto
Ahoga con un tajo sarnoso mi arañada piel de espinas
Entrégame en los brazos tus falsas esperanzas
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