La procesión llegó vestida de muerte, traían consigo años de recuerdos, rabias, abrazos y enceres del olvido, en mis brazos mi hijo miraba preguntando en silencio ¿por qué había muerto el bis (abuelo)?, mi sonrisa se dibujó suavemente mientras intentaba recordar los versos que habría de leer en los próximos minutos. Al terminar mis palabras comenzó a bajar la urna, los sollozos susurrantes se hicieron gritos que movían nubes, las lágrimas podían regar interminables campos, borrar insaciables rencores.
La tierra abrió sus poros y absorbió el linaje repatriado de su hijo magullado, de cierta manera lo devoró en un acto infinitamente emotivo, envolvió el cuerpo gravitante con una lengua de piedras que fueron ocupando mínimamente cada orificio del viejo hasta convertirlo en roca, y finalmente se hundió en el recuerdo sangrante de los que asistieron a la despedida de ese hombre pequeño y terco que se volvió inmortal.
El cielo se abrió manto terrenal y pedregoso, el silencio de la partida se llevó a todos los espíritus venganzas en un dos por tres, y mis pies, piernas, manos y tormentos se hicieron huesos astillados, me entregué temerario a la amenazante capa del recuerdo dormido, me sentí victorioso cuando fui el último en derramar la lagrima solitaria que bañaría por siempre la estancia fútil de un arrepentimiento mayor. Mientras bajo tierra, las serpientes necrófagas se retorcían luchando, encendían soles solitarios, longevos y gélidos de pasado solemne, la piedra insolente de la sangre se volvió irrompible, impenetrable, solo flores comieron las lombrices, solo flores regadas de lágrimas saladas y plaquetas.
Los días anteriores al juicio fueron desgarbados, la familia rapiña se apoderó de cuanto pudo y mis propias manos hurgueteaban las posesiones antes de que la sangre se coagulara en la baldosa que arropó la muerte del viejo.
Un par de gendarmes esperaban el comienzo de la guerra, nosotros, las víctimas, los desconsolados, como nos llamó la prensa, callados, silentes al lado izquierdo de las bancas de la izquierda, y a la derecha, como estirpe ofendida, como linaje maculado victimario, mirando de reojo, respirando venganza y sospecha carcelaria, la familia de los atacantes.
Una barrera viviente ametrallante, verde y de botas negras se instaló entre parte y contraparte, aguantaron gallardos los insultos derechistas que brotaban por cada año que se le sumaba a la sentencia asesina y cobarde de los vástagos diestros.
Salimos escoltados, temerosos para el resto, nos hicieron de azúcar con los escudos verde con verde transparentosos, nos llevaron de las manos, de las lenguas, de los pelos, de las sienes, escuchamos silbidos de muerte en el viento pendenciero, nos quemaron en tres infiernos, uno por cada ciento, uno por cada uno.
Consiguieron los números de nuestras casas, amenazaron dolosos las vivencias imaginarias, nos entregamos ese día del juicio, un violentado no puede mirar al victimario, o sus hijos a sus hijos, o sus hijos a sus padres, o los padres a los padres o a quien tenga que ser.
La vida es dura y repelente, el infierno es cercano al punto más alto sobre la tierra, las deidades se extasían al ver féretros vivientes, el cielo cesa la lluvia cuando la sangre salada y transparente deja el cuenco de los ojos para caer en el resumidero barrial, los rostros amenazantes toman nubes a su antojo, los deudos hacen hileras en la fila de la carne para borrar los despojos.
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